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You Can't Buy Love!

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Volvió a escuchar sonar el móvil, el tono era adecuado para el trabajo. Simulaba, porque en realidad ningún ring tones es como la verdadera canción, aquel soundtrack perteneciente a la película en donde una muy bonita prostituta logra “ganarse” el corazón de uno de sus “clientes”.
 
 
Pero, esta vez no lograba identificar la llamada entrante. Y es que ahora no es como antes, en donde sólo existían los famosos “teléfonos públicos”. La proliferación, casi siguiendo una progresión aritmética, de “cabinas telefónicas” ha hecho variar los diferentes números de llamada. Él, igual contestó. Trabajo es trabajo se repetía.  

Semanas antes, había logrado, realizar una página web, con anuncio de “escort service” para caballeros, en el cual publicaba sus fotos y vaya que fotos. Debe confesar que tuvo que dejar de lado, moralidad y escrúpulos aprendidos en su religioso colegio para poder realizar ello. Como aún es un estudiante universitario necesita agenciarse de recursos económicos pensó que no tenía otra opción.  

Contestó cortésmente a la llamada, que era, como se esperaba, para un servicio de compañía. Era la segunda vez que se presentaba esta oportunidad. Tal y como le habían aconsejado sus “amigos”, procedió a alistarse para el encuentro que debería producirse unos 45 minutos más tarde. Habían acordado se reconocerían porque él iría vistiendo una casaca negra. El otoño ya ha empezado y las primeras brisas del atardecer arremeten contra la ciudad.

El cliente iría vestido con un polo blanco.
 Él aún nervioso, y luchando contra todo principio moral, se dirigía nuevamente a proporcionar un efímero rato de placer (no para él) sino para la contraparte. A veces siente asco, vergüenza de lo que realiza. Fingir que alguien le agrada, ponerse una máscara delante para poder aguantar aquellos 3600 segundos por los que recibe 40 dólares que servirían para cancelar algunas deudas. 

Llegó con quince minutos de retraso, el cliente, felizmente estaba aún esperándolo, presentóse con el nombre de Adrian. Quedaron en dirigirse a un hotel ubicado unas cuadras del lugar donde se encontraban. Cogieron un auto blanco. En el camino intercambiaron algunas pocas palabras, haciéndose pasar como viejos amigos que no se veían en tiempo. El nerviosismo por parte del cliente era por momentos evidente. Los latidos del corazón estaban acelerados, no sólo por lo que inminente del suceso, sino, por que Adrian era realmente guapo y pues, se sentía algo incomodo con ello, quizás su autoestima se veía disminuida, mellada, sumergida en un pozo. Pagar para que alguien brinde unos minutos de cariño, unas caricias que nunca serán sinceras, si no condicionadas por el pago que se realizará al finalizar el “trabajo”. 

Llegaron al lugar escogido por Adrían, el cual era muy reservado, por fuera simulaba una casa como cualquiera otra. Las puertas con rejas blancas sellaban el paso a la entrada. Luego de llamar en dos oportunidades apareció un personaje de piel cobriza y cabellos sueltos en el que ciertos gestos pero sobre todo su voz afeminada hacía saber que no diría nada respecto a lo que sucedía allí. El ambiente era cálido y acogedor, con un estilo colonial. Se accedía a la sala principal por un corredor estrecho de paredes color crema adornadas con diversas plantas, y unos faroles que daban un aspecto circunspecto al ambiente. 

Luego de cancelar por una habitación, el encargado del local les otorgó la llave de la misma, indicándoles que camino seguir para llegar a ella. Adrián sugirió al cliente que se adelantara mientras él compraba unos preservativos.  

El cuarto era pequeño, de paredes en color crema, con una cama amplia en el centro, un pequeño cuarto de baño al costado, y unos anaqueles en donde de manera ordenada fue colocando su ropa. Al entrar Adrián, le brindó un fuerte abrazo: ¡Así que Fernandito!. El, que casi nunca recibe abrazos tan efusivos, se sintió levemente feliz, pero sabía que todo formaba parte de un show, de una ilusión.
 

Adrián se despojó de su ropa, realmente era guapo, tenía un cuerpo que hacía suponer pasaba varias horas en el gimnasio. Se quedó con un bóxer azul adornado con varios carros de diferentes colores, esto le pareció gracioso. El cliente con un bóxer blanco. Ambos acostados uno al lado del otro. Él temblaba, Adrián, quizás más experimentado, le tomó del cuerpo, recostándolo encima suyo, y dándole un tierno beso en los labios, acariciando lentamente su espalda, y con ello haciendo descender su cuerpo, mejor dicho su boca hasta llegar a sus partes íntimas, en donde era obvio lo que el cliente debía hacer. El disfrutaba haciéndolo. Adrián disfrutaba mirando la pantalla de televisor, en donde había logrado captar aquel canal en donde el sexo es el pan de cada día. 

Tiempo después, Adrián, cumplió con su trabajo. El cliente quedó satisfecho. Un reparador baño, para tan agitada jornada. Se vistieron mientras conversaban, ya en un tono más coloquial, intercambiando algunos datos más personales. Se brindaron un artificial abrazo,.no sin antes desembolsar dos billetes de 20 dólares, a lo que Adrián contestó con un sonoro Gracias. 


El salió primero, como siempre, los sentimientos mezclados, hechos un mar de colaciones, y divagaciones. Pagar por un cariño, pagar por estar con alguien.

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