Julio
02
Nunca me había puesto a pensar en la forma que tiene la tela que puesta para cubrir un pedazo de madera donde colocábamos los vasos llenos de espumeante bebida, al ser rociada con ese líquido adquiera un aspecto un tanto abstracto. Puse mi mano sobre la tela en cuestión, de color azul eléctrico, y se dibujaron líneas, unas conexas, convexas, y cóncavas, al pasar nuevamente mi mano sobre ella, cambiaron su forma, su dirección, al realizar nuevamente esta acción, las líneas se movían. A derecha o izquierda, hacia arriba o hacia abajo, ora conexas o cóncavas, sólo al movimiento de mi mano. Como si estuvieran a mi entera disposición. Juego pueril, pero ameno sobre todo en momentos en los cuales no precisamente me encontraba divertido. La música, el ambiente y quizás ese rasgo de antisocial que me suele visitar algunas veces hacían que esa noche tuviera su particularidad.

Habíamos decidido pasar un fin de semana en un local un tanto distinto, no sólo por la música, si no porque era un local straigth (no es que esté acostumbrado a lugares gay, pero como dice Rosa, muchas veces los sitios heterosexuales estresan). Había decidido salir con mis amigos de la universidad. Bueno, tampoco salgo con personas gay a cada instante. Teníamos varias opciones pero tanto Valeria como yo decidimos aceptar el lugar propuesto por Carlos, ella porque es su novia, y yo pues su amigo, abdicamos de ir a un local bohemio que tanto nos gusta donde Lennon, McCartney, Gallagher, Morrisey, o Zepellin siempre suenan bien.
Ya en el lugar, se encontraban un par de compañeros de facultad un tanto avanzados en copas (no precisamente de vino), si no de vasos de lúpulo y alcohol. Enfundados en brindis por los tiempos universitarios y las típicas conversaciones del trabajo, de que a fulano le fue mejor, y que mengano está casado y con hijo ni bien terminamos la universidad (y eso que a escasos 2 años de terminarla) parecían conversaciones de viejos cuarentones como apuntó Valeria. Y es que a los 26 años muchos sentimos que ya pasó mucha agua bajó el puente de la vida.
Yo pensaba en las guitarras de Zepellin, o en la voz nasal de Lennon, mientras observaba atentamente al conjunto musical que animaba el local y veía que el guitarrista pues, pasaba sus dedos de un traste a otro y yo en mi mente dibujaba los acordes de Instant Karma o Don’t Look Back In Anger. Desatento como estaba, no hacía caso a los nuevos brindis propuestos por mis colegas, quienes deberían pensar que estaba en la luna de Paita. Y no estaban tan equivocados aunque quizás sí, pues visitaba las lunas de Saturno en ese momento.
Las horas pasaban, y yo seguía visitando planetas distantes bajo el gran cielo gris. Oía pero no escuchaba. Los brindis tan lejanos. El olor a cerveza encima del mantel azul eléctrico, los juegos esquizofrénicos con los pliegues del mismo. El humo del cigarro, envolviendo el ambiente. Los gritos de las peleas entre Valeria y Carlos. Las risas de Juan y de José. Los contorneos a ritmo de merengues y cumbias de señoras regordetas enfundadas en vestidos que creo yo no eran los más adecuados para las siluetas que dibujaban. Los cabellos color rubio intenso, aunque en realidad eran varios todos de amarillo, queriendo disimular el negro natural empujados a derecha e izquierda con otras melodías que no alcanzo a definir.
Ya en el lugar, se encontraban un par de compañeros de facultad un tanto avanzados en copas (no precisamente de vino), si no de vasos de lúpulo y alcohol. Enfundados en brindis por los tiempos universitarios y las típicas conversaciones del trabajo, de que a fulano le fue mejor, y que mengano está casado y con hijo ni bien terminamos la universidad (y eso que a escasos 2 años de terminarla) parecían conversaciones de viejos cuarentones como apuntó Valeria. Y es que a los 26 años muchos sentimos que ya pasó mucha agua bajó el puente de la vida.
Yo pensaba en las guitarras de Zepellin, o en la voz nasal de Lennon, mientras observaba atentamente al conjunto musical que animaba el local y veía que el guitarrista pues, pasaba sus dedos de un traste a otro y yo en mi mente dibujaba los acordes de Instant Karma o Don’t Look Back In Anger. Desatento como estaba, no hacía caso a los nuevos brindis propuestos por mis colegas, quienes deberían pensar que estaba en la luna de Paita. Y no estaban tan equivocados aunque quizás sí, pues visitaba las lunas de Saturno en ese momento.
Las horas pasaban, y yo seguía visitando planetas distantes bajo el gran cielo gris. Oía pero no escuchaba. Los brindis tan lejanos. El olor a cerveza encima del mantel azul eléctrico, los juegos esquizofrénicos con los pliegues del mismo. El humo del cigarro, envolviendo el ambiente. Los gritos de las peleas entre Valeria y Carlos. Las risas de Juan y de José. Los contorneos a ritmo de merengues y cumbias de señoras regordetas enfundadas en vestidos que creo yo no eran los más adecuados para las siluetas que dibujaban. Los cabellos color rubio intenso, aunque en realidad eran varios todos de amarillo, queriendo disimular el negro natural empujados a derecha e izquierda con otras melodías que no alcanzo a definir.
Vaya sentidos, la vista y el oído, o el tacto, y el olor que sin querer nos hacen sentir, y vivir cosas que muchas veces no queremos.
